La sociedad: tantas cosas se han dicho sobre ella... que una más no le hará daño. Ni siquiera sabemos qué es -a que se refiere-; pero sí sabemos que es y cuán útil nos es su concepto, cuando los hechos rebasan los límites de lo imaginable ("qué mal está la sociedad", "la sociedad enferma", etc.). Ahora no lo hacen porque los límites se han marchado, o los hemos matado; como le ocurría a Nietzsche con Dios, cuando ponía en voz de un loco, en un aforismo de "la gaya ciencia", el advenimiento del mayor acontecimiento de la historia (de la metafísica, que también es histórica). ¿Es la locura -no la falta de razón, que no tiene interés alguno -la que nos ha de anunciar, de forma intempestiva, hechos para los que nuestra percepción es impotente, incapaz, obtusa?
En la sociedad occidental se da por supuesta una clara frontera entre razón y locura y lo más significativo es que no se piensan las consecuencias -aunque algunos lo han hecho muy bien, sobretodo en la tradición francesa, pensadores como Michel Foucault-. Cuando digo "no se piensan" me refiero a la colectividad, para llamarlos de forma respetuosa o el rebaño, como justamente los llamaba Nietzsche.
¿Qué nos queda pues, de la aclamada frase de Goya "el sueño de la razón produce monstruos"? ¿pero no éramos post-modernos? (algo más interesante, más preciso, más fuerte que la modernidad...).
En esa frase era precisamente la razón -la razón ilustrada, normativa, la razón de Kant- la que soñaba monstruos. Después algunos, acertadamente verán que no hay luz -identificada con razón -sin sombra -identificada con locura y estudiarán tanto el discurso de "la sombra" como el de "la luz".
De todas formas, un teórico de la historia que la concebía como un "proceso que conduce hacia la luz" era Robespierre, el genial inventor del terrorismo de Estado -algo que tan buenos resultados ha dado (y sigue dando)-.
Precisamente el Estado, algo abstracto y material a la vez, pero que sin ninguna duda "es" (vaya si es), es el lugar privilegiado de la locura. Nuestras formas de colectividad -todas -están construidas sobre la razón porque tendemos, con gran peligro para la estrategia económica-organizadora, a enloquecer.
Incluso nuestro cuerpo, nuestra primer experiencia de "ser" y aquello segundo que percibimos (después del cuerpo de la alteridad), ya no sabemos qué significa y nadie nos puede sacar de este desamparo. Insertados, arrojados (¡que bien lo expresó Sartre! -aunque él se refería a la existencia en un sentido amplio-) en una sociedad difuminada. En la que llamamos, orgullosos, "la sociedad del futuro" tal vez con razón, puesto que ella es la que produce más sujetos sin historia de los que puede digerir.
Efectivamente, las relaciones sociales que podemos observar y experimentar no hacen otra cosa que poner de relieve un aspecto de nuestro desmembramiento como seres humanos, como seres desmembrados en su dimensión física y espiritual. Para ilustrarlo valga la imagen del poema de Artaud; "el cuerpo nunca es un organismo, los organismos son los enemigos del cuerpo", donde se nos representa una dimensión física que se proyecta más allá.
El Estado mientras tanto, trabaja para restituir un vínculo económico -no verdadero -que asegure la economia de subsistencia, que asegure el éxito estratégico-político del que hablábamos. Por esa razón defiende a ultranza la família como institución.
La relación humana significa que una parte de nuestro ser está en el otro. Lo que construye hoy otro tipo de vínculo social (nada estratégico) es la participación trágica del destino común. ¿Pero qué sucede con participaciones colectivas más amplias?
Nuestra sociedad está constituida por seres que establecen lazos en función del riesgo que conlleve. Esto es, construimos lazos siempre que esté garantizado que no existe riesgo, siempre que tengamos la posibilidad de retirarnos. La situación actual en occidente, en una sociedad difuminada sin lazos fuertes, -en el sentido de auténticos -es la siguiente: TODOS nos hemos dado de baja por adelantado. Siempre y en cualquier lugar se escucha el mismo murmullo, el mismo ruego: "la baja anticipada, por favor". Nos convertimos, poco a poco en auténticas "mónadas leibnizianas".
¿Cómo es posible aceptar culturalmente y legitimar esta esquizofrenia, si concedemos que en nuestra sociedad están claramente delimitadas las fronteras entre razón y locura? ¿Cómo, si precisamente en esta distinción se fundamenta?
Bienvenido / Napaykullayki / tere§uahe porãite
Este espacio quiere ser el riego constante de una actitud: la actitud intempestiva. Aunque es evidente la referencia a mi autor predilecto, Friedrich Nietzsche, no se reduce a su actitud. El intempestivo es aquel que afirma y se afirma más allá del receptor presente. En nuestro tiempo, lleno de discursos apocalípticos, tiempo que se caracteriza en los textos más antiguos (escritos en sánscrito) con el nombre de Kali yuga, y para colmo en occidente -este occidente al final de todo- en el que nuestro interlocutor encarna la náusea, que mejor que ser intempestivo. No esperar nada. No esperar a nadie (¿cuánto hemos esperado ya?). Afirmar: afirmarse.
No se pretende guiar a nadie hacia una creación sectaria-destructiva -ya nos conjuramos tácitamente y caminamos con hediondez de buen ganado, nárcotico en mano, hacia la desaparición- se trata de una actitud en relación a lo único que nos permite una digna "arqueología": el arte y el pensamiento.
Palabras que le hablan a la posteridad, porque el receptor ya nunca está presente. Palabras limpias que se saben ensuciar. Palabras fuertes, valientes y ensangrentadas. Palabras intempestivas.
Imágenes para pensar
Miro el bosque y nos veo: nuestro bosque no tiene raíces, las tiene cada uno de los árboles. Por eso vivimos en el desarraigo...
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